Venezuela tiembla: Sin red sismológica y científicos a ciegas
La tarde del 24 de junio de 2026, millones de teléfonos en Venezuela emitieron un pitido estridente ante el inminente doblete sísmico de magnitudes 7.2 y 7.5. Aquella notificación digital otorgó segundos valiosos a los ciudadanos antes del enorme colapso estructural con el saldo lamentable de víctimas aún en conteo y destrucción. Sin embargo, esta alerta sísmica desde el móvil, basada en una herramienta de inteligencia artificial (My Earthquake Alerts de Google), también expuso la alarmante orfandad tecnocientífica en el territorio nacional.
Geofísicos e investigadores han advertido que la falta de una red sismica propia y robusta dificulta la prevención y los estudios de microzonificación necesarios para salvar vidas en un país altamente sísmico. Por décadas, el colapso del sistema ha obligado a depender en gran medida de información e instituciones internacionales como el USGS para conocer la magnitud y el epicentro de los sismos en tiempo real.
Según registros de la USGS, Japón cuenta con la red sismologica más avanzada del planeta, basa en un sistema Hi-net (High-Sensitivity Seismograph Network). Para instalar una red de similares condiciones en Venezuela, se requeriría un costo de instalación base entre 20 y 40 millones de dólares, lo que cubriría la zona norte-costera y franja andina, tal y como reseña El Heraldo de México.
Restauración urgente
Frente a esta vulnerabilidad, el rector de la Universidad de Los Andes (ULA), Mario Bonucci, alzó la voz desde San Cristóbal (Táchira). La autoridad académica exhortó al Ejecutivo Nacional a cofinanciar la restauración urgente de la Red Sísmica Occidental. El llamado busca reactivar los planes de prevención en Mérida, Táchira y Trujillo, zonas edificadas directamente sobre la amenaza tectónica.
Silencio en el subsuelo
Históricamente, el país dispuso de una robusta infraestructura de monitoreo sismológico distribuida en sus principales fallas tectónicas. De los más de 300 sensores antisísmicos instalados en décadas anteriores, la falta de presupuesto, inversión y mantenimiento, redujo la red a solo tres equipos operativos. Esta dramática depauperación técnica impide un registro científico certero y autónomo de los movimientos telúricos locales.
Ante el silencio oficial, la indignación pública escaló tras reportes de saqueos a las pocas estaciones sobrevivientes. El diario El Impulso denunció el hurto de un sensor GPS de alta precisión en el sector La Chicharronera (Entre Morón y Barquisismeto) . El portal La Patilla constató que el aparato, ubicado en una propiedad del ex grande ligas Melvin Mora, desapareció hace años sin que las autoridades lo advirtieran. Dicho dispositivo resultaba vital para la vigilancia de la activa falla de Boconó desde el sector referido.
Génesis de una red
Esta infraestructura, hoy desmantelada, nació tras el devastador terremoto cuatricentenario de Caracas en 1967. El desastre motivó a la creación de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas Funvisis en julio de 1972 por decreto presidencial. A partir de allí, comenzó un ambicioso despliegue técnico que tomó cerca de tres décadas de trabajo continuo en la Venezuela democrática.
La red expandió progresivamente sus nodos mediante sistemas analógicos iniciales y posteriores tecnologías satelitales instaladas en el año 2000. El despliegue geográfico original de los 300 sensores cubría con precisión el eje andino, la cordillera central y la zona oriental. Estaciones insignes como el Observatorio Cagigal en Caracas, la estación de Santo Domingo en Mérida y los nodos de Cariaco vigilaban el subsuelo día y noche.
Maestros de la tierra
El conocimiento sismológico nacional se consolidó gracias a científicos pioneros que transmitieron el saber a las nuevas generaciones. El Dr. Günter Fiedler destaca como el principal impulsor de la sismología instrumental moderna en el Observatorio Cagigal. Asimismo, investigadores extranjeros y locales sumaron esfuerzos para procesar los primeros catálogos de datos tectónicos integrados.
Estas terminales operaban mediante transmisión telemétrica continua, enviando datos directos sobre la acumulación de energía. El monitoreo sistemático permitía mapear la fricción permanente entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana. Las trazas sísmicas de las fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar dependían de esta triangulación constante para emitir alertas tempranas.
Reserva del conocimiento
Pese al desmantelamiento técnico, el capital humano especializado permanece activo dentro y fuera de las aulas universitarias. Académicos emblemáticos como Raúl Estévez, fundador del Laboratorio de Geofísica de la ULA, lideran el diagnóstico de la crisis actual. Su experiencia resulta fundamental para diseñar la reingeniería de las estaciones andinas.
A este esfuerzo se suman investigadores vigentes de nuestras mejores universidades, como el geólogo Miguel Alvarado y los ingenieros Josué Araque y Pedro Rivero.
Asimismo, expertos como el Dr. Franck Audemard y Francisco Bongiorno, evalúan en el terreno las deformaciones físicas causadas por la actividad tectónica reciente. Esta reserva intelectual conserva los protocolos científicos listos para ejecutar una retoma eficaz del monitoreo nacional.
Espejismo de la inteligencia
La reciente catástrofe tuvo al menos, la incidencia del gigante tecnológico Google que cubrió temporalmente este vacío de infraestructura mediante algoritmos y acelerómetros de teléfonos Android. Aunque el sistema notificó con éxito a más de cuatro millones de usuarios, los expertos advierten sobre su uso exclusivo, dado que aún es una tecnología en desarrollo.
Confiar la seguridad civil únicamente a herramientas comerciales que aún están en proceso de perfeccionamiento resulta contraproducente sin un respaldo científico institucional.
ULA: planes de contingencia comunitarios
No hay descanso frente a la realidad sísmica. La Comisión para Gestión Integral de Riesgos y Desastres de la Universidad de Los Andes (Comgird-ULA) se mantiene en la ejecución de planes de contingencia, estructurados en dos niveles operativos fundamentales.
El primer eje coordina y dispone el despliegue de brigadas técnicas e ingenieros estructurales de la academia hacia las comunidades andinas más vulnerables. Estas comisiones están capacidad de valorar fortalezas y vulnerabilidad sísmica de edificaciones, así como de evaluar edificios públicos y viviendas afectadas para determinar su habitabilidad tras los sismos.
Por su parte, el segundo nivel se enfoca en el soporte humanitario directo y la resiliencia social regional. La institución mantiene activos centros de acopio estudiantiles y redes de asistencia en primeros auxilios. Asimismo, la Cátedra de Salud Mental de la ULA brinda contención psicológica a los ciudadanos para abordar las crisis de ansiedad provocadas por la crisis telúrica.
(Prensa ULA/Documentación y edición IA: Danilo Figueroa/CNP 5982/Imagen IA)

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